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miércoles, 19 de enero de 2011

Entre la realidad y el sueño, por: Fernando Rodríguez

Disponible en: Tal Cual Digital.

Pero no nos desconsolemos, no sólo porque no hay mal que dure cien años sino porque Farruco ha descubierto que los damnificados ubicados en los museos son una obra de arte 



 
Se acabó el museo Borges, que tenía el inédito perfil de estar en las vecindades de los excluidos y haberse vinculado con éstos de una manera muy efectiva. Me imagino que mucho tendrá que ver con la medida la actual posición política del estupendo pintor, por demás discreta.
A Farruco no se le pasa una. Así sea a costa de una parroquia popular que hasta los cines los perdió y que había hecho suyo, en una medida nada despreciable, el amable espacio museístico.
Un episodio más de la incesante e inclemente desaparición de nuestros museos, verdaderas tumbas para nuestras colecciones nacionales y para la promoción del presente.
Habría que recordar que, probablemente, es en las artes plásticas, al menos de Reverón al presente, donde Venezuela ha tenido sus mejores logros en cantidad y excelencia. Y ese quehacer ha sido acompañado por una estupenda museología, en algún momento de las mejores de América latina, que comienza con la labor modernizadora de Miguel Arroyo al frente del Museo de Bellas Artes.
No es poca cosa, entonces, lo que se está echando a la basura. Por fortuna, las galerías privadas suplen algunas de las funciones propias de esos museos muertos, al menos mostrar lo que siguen haciendo nuestros pintores, algunos de ellos.
Pero no nos desconsolemos, no sólo porque no hay mal que dure cien años (ni siquiera el estalinismo ni el fascismo proyectados para la eternidad) sino porque Farruco ha descubierto que los damnificados ubicados en los museos son una obra de arte. Sí, no se sorprenda. Por lo demás no es nada tan original que se diga. Toda una corriente internacional llamada body art postuló que nuestros cuerpos pueden ser portadores de mensajes plásticos, tatuajes por ejemplo.
Y recuerdo ahora uno de los últimos escándalos artísticos que fue la exhibición de un grupo de mongólicos en la Bienal de Venecia. De los últimos, digo, porque parece que el escándalo visual simplemente se agotó.
Siendo así habrá que ir a verlos y los pocos críticos que van quedando deberían orientarnos sobre la calidad de los diferentes conjuntos humanos. Quizás sea un poco fuerte ver tanto dolor y tanto abandono, por lo que es recomendable no llevar niños de corta edad. Va a resultar interesante lo que piensan los propios damnificados, ahora dignificados como cuadros o esculturas.
Supongo que preferirán que se hagan de verdad unas cuantas soluciones habitacionales, al menos al ritmo de la cuarta, y no disfrutar de esa nueva y sorprendente condición ontológica. Pero bueno que no se siga con el ritornello de que la cultura oficial es una torta burrera.
Pero hay más. Farruco al enumerar los logros de su gestión (sic) termina diciendo que la gran obra de arte de este gobierno es la revolución mesma. ¿Quién será el autor mayor de esa maravilla? Edecio La Riva, que era experto en el tema, solía repetir que la adulancia es un oficio muy complejo y que una de sus leyes es no ser nunca demasiado frontal. He aquí un bello ejemplo: Chacumbele, como se sabe, es pintor y podríamos inferir de las premisas farrruquianas que es un gran pintor, inigualable artista.
Me permito sospechar que estas audaces metáforas en que el poeta borra los límites entre la realidad y su representación algo tienen que ver con la psiquiatría, quizás con la teoría freudiana de los sueños. O con el método paranoico-crítico que inventó Salvador Dalí.

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