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martes, 18 de enero de 2011

"Museos a reventar" Roldán Esteva-Grillet

Martes, 14 de diciembre de 2010

“…Los museos fueron durante el putofijismo los templos de la oligarquía… y verlos ahora trocar en espacios que alberguen a nuestro pueblo debe ser motivo de satisfacción para nosotros” Pedro Calzadilla, h.



En Florencia, Italia, se reune un centenar de expertos mundiales para discutir normas y recomendaciones sobre el mejor cuidado del patrimonio artístico y cómo trazar políticas que no sólo lo pongan en valor y eviten el deterioro sino que conduzcan a un mejor aprovechamiento socioeconómico. Recibir este tipo de información en un país como Venezuela, tan castigado por la ineficiencia oficial como por las inclemencias climáticas -que recrudecen las tragedias por la misma incompetencia gubernamental-, es para renegar de lo que uno más aprecia por cuanto ha marcado su vida profesional y anímica: el arte.
Si hasta hade unos meses, el eterno ritornello, al pensar y comentar sobre los museos, era su ausencia de público, de salas vacías y pobre programación, cuando no de declaraciones intempestivas e irresponsables, propias de la insensatez y petulancia ministerial, en contra de cualquier principio de la museología cotemporánea; hoy, finalmente y gracias a la criminal imprevisión revolucionaria, las autoridades pueden refocilarse tapándole la boca a quienes hemos criticado, no sin razón, el abandono de estas valiosísimas instituciones, reducidas a paquidermos inútiles por no haberse dedicado a lo que cualquier museo en el resto del mundo –incluida Cuba y China- considera su misión. Para los burócratas bolivarianos, esos museos atesoraron obras de arte que sólo podían ser apreciadas por gente de cultura refinada y rica. No han ido al Hermitage.
Se lamen sus colmillos ahora que por fin hay gente en los museos, con sus colchonetas, baños químicos, bebés llorando por sus biberones, soldados custodiando para que nadie más se meta y no haya pleitos, y la angustia de todos reflejada en el rostro por un futuro que se pinta tétrico; pero salvaron sus vidas si bien no sus pertenencias.
Los museos sirven ahora para palear la pérdida de innumerables viviendas precarias, levantadas en pendientes o en el cauce de quebradas o ríos, y para esconder el mayor fracaso de este gobierno supuestamente popular: la construcción de viviendas para el pueblo.
La gente no está ahí para admirar nuestro patrimonio artístico -que ha debido desalojar las salas e irse al depósito hasta nuevo aviso-, sino para sobrevivir.
Puede darse por satisfecho el gobierno chavista al tener gente almacenada en los museos – llamarlos albergues es una muestra más de cinismo-, pues su función se había reducido al mìnimo en todos los aspectos: investigación, publicaciones, visitas guiadas, exposiciones, adquisiciones, público, etc.
Para los empleados, ahora, es un reto pues tienen en sus manos un público cautivo al que habrá que entretener por mientras, sólo que este “mientras-tanto” no es por el chaparrón, pues cuando pase los cautivos no tendrán para dónde coger, y el gobierno se olvidará de ellos en cuanto a la promesa de no permitirles el regreso a los barrios.
Lo cierto es que saldrán primero de sus improvisados refugios, aquellos que están en múltiples escuelas dado que en enero tendrá que retomarse y reprogramarse el año escolar para evitar de su pérdida. En cambio, para beneplácito del gobierno, los museos no tienen que tomar ninguna programación suspendida pues ho había ninguna impotante, y en caso de que la hubiera, su suspensión resultaría desapercibida por todos. Así pues, bienvenidos los nuevos barrios de damnificados-dignificados-atentidos-refugiados, con los flamantes nombres de “Alejandro Otero”, “Bellas Artes”, “Arte Contemporáneo”, “Jacobo Borges”, “Cruz-Diez” y “Galería de Arte Nacional”, como ya el mismo Presidente ha bautizado su barrio “Miraflores”, en el segundo estacionamiento del edificio homónimo. Y el barrio “Sambil” también, pues será en 2030 cuando se instale la serie de comercios revolucionarios dedicados a vender franelitas del Ché Guevara, los muñecos de Chávez y demás yerbas intoxicantes.
Los museos se convertirán, siguiendo el ejemplo del “Alejandro Otero”, en centros de formación permanente con talleres de cocina, corte y costura, cometas, trompos, juegos educativos, títeres, educación sexual y, quien quita, presenciaremos festejos de bautizos, primeras comuniones y hasta bodas. No descarto algún curso intensivo de Economía Cultural, dictado por el viceministro del ramo.
Y si el arte se vuelve a manifestar en estos espacios recuperados para la vida del pueblo, lejos de la oligarquía apátrida, surgirán grupos de teatro que replantearán la tragedia que estuvo en el origen de tantos que ya ni se acuerdan, o instalaciones a base de colchonetas fuera de uso, regadas de miados y biberones vacíos, con baños químicos llenos de pintas esperanzadoras y sahumerios encendidos. El reglamento de participación se regirá por una sóla norma: nadie puede usar la cara del Gran Benefactor, ni siquiera para agradecerle tanta bomdad y comprensión, y no hablo de Chávez sino de Farruco, cuya humildad le impide recibir tales homenajes: él sólo ha seguido el ejemplo del Líder.
Por razones inesperadas, la revolución llegó de verdad verdaíta a estas vetustas instituciones, negadas hasta ahora a trasformarse en fábricas del Hombre Nuevo. En el mañana, alguien se acordará que en el depósito siguen aquellas obras que dieron origen a estos barrios pero ya será tarde pues las nuevas necesidades no las incluyen y su valor historico habrá mermado al punto de convertirse en un feo lunar arrastrado del ignominioso pasado puntifijista, cuando se creía que las artes plásticas eran algo digno de preservar, estudiar y divulgar. Peor, ni Stalin.

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